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Ya van 77 muertos al descarrilar un tren en Santiago de Compostela

Santiago de Compostela vivía el miércoles los prolegómenos de su fiesta grande cuando el tren Alvia, que cada tarde-noche entra en la estación de la capital de Galicia procedente de Madrid y con destino a Ferrol, descarriló, a solo cuatro kilómetros de la parada con una fuerza brutal, de tal intensidad que uno de los ocho imponentes vagones voló a 15 metros de la vía. El accidente, registrado a las 20.41, ha dejado un saldo provisional de 77 muertos, según fuentes del Tribunal Superior de Justicia de Galicia citados por AFP, y al menos 140 heridos, 20 de ellos muy graves. El recuento de víctimas no ha dejado de crecer durante toda la noche.

El delegado del Gobierno en Galicia, Samuel Juárez, ha afirmado esta mañana en la cadena SER que se harán las identificaciones «con un cuidado escrupuloso» y ha informado de que se desconoce aún la identidad de tres de los heridos muy graves. Está previsto que esta mañana llegue a Galicia el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, hará una declaración institucional. El presidente de la Xunta afirmó anoche que entre 10 y 20 heridos estaban “en situación comprometida” y 111 fuera de peligro. Los cuerpos de los fallecidos han sido trasladados al pabellón multiusos Fontes do Sar, donde los familiares están siendo atendidos por psicólogos.

En el convoy, formado por ocho vagones y dos máquinas, viajaban 222 pasajeros y cuatro tripulantes. Dos supervivientes relataron a EL PAÍS cómo sintieron que el tren tomaba una curva cerrada, bajo el viaducto de la principal autopista de peaje de Galicia; cuando abrieron los ojos, estaban rodeados de cadáveres.

El maquinista, que sufrió heridas leves, reconoció inmediatamente después del siniestro que el tren circulaba a 190 kilómetros por hora, en una curva cerrada en la que la velocidad está limitada a 80, aunque en la recta previa, preparada para el AVE, pueden alcanzarse los 250 kilómetros. Uno de los dos conductores que llevaba el convoy accidentado hizo una llamada por teléfono tras el descarrilamiento y no paraba de repetir: “Descarrilé, qué le voy a hacer, qué voy a hacer”, según la edición digital de La Voz de Galicia. Los dos conductores del Alvia se incorporaron a las tareas de rescate y ayuda a los heridos.

La vía en la que se ha producido el siniestro cuenta con un sistema de control ferroviario denominado ASFA, más antiguo que el ERTMS, que cuenta con un mecanismo que frena los trenes automáticamente cuando exceden la velocidad permitida. Este es el primer accidente con víctimas mortales en una línea de alta velocidad en España y el más grave siniestro ferroviario en los últimos 40 años. La vía había sido renovada para adaptarla a la alta velocidad, pero no el sistema de señalización. Un ingeniero de Adif, que reconoció desconocer las circunstancias exactas del accidente, explicaba el miércoles que es muy difícil que un tren descarrile solo por exceso de velocidad y que, aunque esa circunstancia aumentó la gravedad del siniestro, debió de existir alguna otra causa concurrente en la máquina o la vía.

Los vecinos del barrio compostelano de Angrois, junto al camino de hierro que lleva a la estación de la capital gallega, fueron los primeros e improvisados equipos de rescate que acudieron en auxilio de las víctimas. Los residentes hablaban de un gran estruendo, de un torpedo de ruido y polvo y de unas vías sembradas de cuerpos en apariencia sin vida. En medio de la confusión inicial, los muertos y heridos se contaban por decenas. Los vecinos y los pasajeros supervivientes no paraban de alertar, horrorizados, de que la cifra definitiva de víctimas mortales sería estremecedora. Al filo de la medianoche, aún quedaban dos vagones sin revisar, uno de ellos reducido a chatarra.

Los profesionales del dispositivo de rescate tardaron cinco minutos en llegar al lugar, según han relatado algunos supervivientes. Y se encontraron un infierno. Teléfonos móviles sonaban en los bolsillos de algunos fallecidos, según contó entre lágrimas un agente de policía. Metralla, restos de chatarra y sangre por todas partes. Cuerpos dentro y debajo de los vagones, algunos mutilados. La Consejería de Sanidad asume que serán necesarias pruebas de ADN para lograr identificarlos.

En el primer vagón viajaba Óscar Mateos, un guardia civil de Cáceres que venía haciendo el Camino de Santiago. Se saltó parte de la ruta para llegar a la capital el día grande del Apóstol. Subió con su bici al tren en la parada de Puebla de Sanabria. Apenas sufrió heridas leves. Tras el primer impacto comprobó cómo los viajeros se fueron al suelo. Los de las filas de la derecha notaron primero el golpe y después cómo se le venían encima los pasajeros de la izquierda. Hubo una avalancha. “La ayuda llegó en cinco minutos pero ese tiempo se hizo eterno. Ayudé a salir a gente con las piernas rotas y muchas magulladuras”, cuenta, aún aturdido, a las puertas del hospital. Muy cerca, un mexicano de mediana edad vaga por la explanada del complejo hospitalario en busca de noticias de sus familiares.

El tren Alvia, serie 730, un híbrido con tracción diésel y eléctrica, prácticamente nuevo, descarriló al tomar la curva más cerrada del recién renovado trayecto entre Santiago y Ourense, reformado para acoger la alta velocidad. El convoy salió de la estación de Madrid-Chamartín a las tres de la tarde y tenía que haber llegado a Ferrol a las diez y media. Los ocho vagones volcaron y uno de ellos acabó convertido en un amasijo de hierros.

Un amplio despliegue de servicios de emergencia se desplazó al lugar rápidamente gracias a que la ciudad iba a vivir una de las noches, la de su patrón, en la que más policía y ambulancias se preparan. Miembros de este dispositivo reconocieron que esta coincidencia había facilitado la atención rápida a las víctimas. La confusión que reinó durante los primeros momentos hizo que 20 minutos después de la colisión aún hubiese por las calles de la capital gallega algún policía que no había sido alertado y ambulancias buscando el lugar del siniestro. Bomberos en huelga de los parques comarcales de la provincia de A Coruña suspendieron su protesta por la precarización de sus condiciones laborales para colaborar en las tareas de rescate. Los actos programados para celebrar el Día de Galicia, tanto los festivos como los políticos, fueron suspendidos de inmediato en señal de duelo.

Todos los hospitales gallegos fueron movilizados para atender a las decenas de heridos, algunos en estado crítico. En el Clínico de Santiago, al que llegaron buena parte de ellos, se congregaron numerosos familiares, angustiados, que eran llamados continuamente por los servicios médicos para comunicarles el estado de sus allegados. Supervivientes desorientados vagaban por los centros sanitarios sin documentación ni móviles con los que poder contactar con los conocidos que les acompañaban en el trágico viaje.

La consejera de Sanidad, Rocío Mosquera, participó en las labores de información a las víctimas en el principal centro hospitalario de la capital gallega. A la zona de Angrois se trasladó una enorme grúa para retirar los restos de los convoyes, de los que durante horas los efectivos de emergencias no cesaron de retirar heridos y cadáveres atrapados. Las autoridades utilizaron los medios de comunicación para pedir a los ciudadanos que no se acercasen a la zona del siniestro para evitar un atasco que dificultase la asistencia a las víctimas. Otro dato ilustra la fuerza del golpe que sufrieron los ocupantes del Alvia. Varios pasajeros relataron a EL PAÍS cómo vieron saltar por los aires los asientos fuertemente anclados de los vagones.

El Alvia es el ferrocarril más veloz que atraviesa este trayecto reformado para que en el futuro circulen por sus vías los AVE que comunicarán Galicia con Madrid. El impacto fue de tal magnitud que la máquina trasera del tren accidentado ardió y otro de los vagones voló sobre un talud a cinco metros de altura y quedó a 15 metros de distancia de las vías. El motor de una de las máquinas, una enorme mole, salió despedido por el choque. La curva de la catástrofe ya fue escenario de un trágico suceso hace casi 12 años. En ese mismo lugar de Angrois, al sudeste de Santiago, se produjo otro accidente ferroviario en septiembre de 2001, cuando una niña fue arrollada por un tren.

Junto a la explanada en la que se celebran las fiestas del barrio, en la que el miércoles acabó uno de los vagones que salió despedido, había entonces una pequeña puerta de metal que daba acceso a las viejas vías de la línea convencional que comunicaba Santiago y Ourense. Mucho antes de que se comenzase a construir el AVE, los vecinos usaban esa puerta para acortar camino, pero aquel día se metieron por ella cuatro niñas para pasear en bicicleta junto a las vías. Un tren que pasó junto a ellas arrolló a una de las menores, mientras las otras tres lograron apartarse a tiempo para salvar su vida.

Los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado se afanarán ahora en aclarar las causas del accidente, aunque ya trabajan sobre la hipótesis del exceso de velocidad. Hasta el lugar de la tragedia, sobre el que se levantó una intensa columna de humo, se acercaron Núñez Feijóo, que al llegar admitió que los fallecidos iban a ser “muchos”; y la ministra de Fomento, Ana Pastor, entre otras autoridades.

Renfe facilitó un número de teléfono de atención a las víctimas y sus familias: 900 101 660. La policía judicial ya ha comenzado las labores para intentar identificar a las víctimas mortales. Los cadáveres fueron trasladados al pabellón multiusos del Sar, en Santiago, una ciudad para la que el 25 de julio estará ya siempre marcado por esta tragedia.

(Fuente: ccaa.elpais.com)

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